Guilan en Siroco: el rock no ha muerto, solo evoluciona
Nos desplazábamos hasta la sala Siroco para ver a Guilan en un concierto especial por varios motivos. El primero, el horario: las 18:00 de la tarde, una franja que hace no tanto resultaba extraña pero que poco a poco va ganando terreno, normalizando los conciertos vespertinos y matinales dentro del circuito de salas. El segundo, y quizá más significativo, era el planteamiento artístico de la cita: un repertorio centrado en la presentación de un nuevo disco… que aún no existe como tal. Sin álbum publicado, con tan solo un single como referencia, Guilan se lanzaba a mostrar sus nuevas canciones en crudo, sin el filtro previo que supone la escucha en estudio. Un ejercicio de honestidad y riesgo que, lejos de jugar en su contra, terminó convirtiéndose en uno de los grandes aciertos de la tarde.

Asistir a un directo sin haber pasado antes por la escucha doméstica obliga a una atención distinta, más visceral. Las canciones se presentan tal y como nacen: desnudas, crudas, vivas. Y en este caso, la experiencia fue positiva, incluso estimulante. Desgranar esas nuevas composiciones en vivo antes de conocer su versión definitiva permitió conectar con ellas desde la emoción inmediata, sin comparaciones ni expectativas preconcebidas.

A menudo se repite, casi como un mantra, que "el rock ha muerto", o que "a las nuevas generaciones ya no les interesa el rock y acabará desapareciendo por falta de relevo". Nada más lejos de la realidad. Basta con acercarse a salas como Siroco y observar lo que ocurre sobre y frente al escenario. Cada vez son más las bandas jóvenes que se expresan a través del rock and roll, aunque no siempre encajen en la idea clásica que algunos siguen defendiendo. También se escucha mucho aquello de "eso no es rock, tío", olvidando que el rock nunca ha sido una foto fija. El rock de hoy no puede —ni debe— ser como el de los 50, 60, 70, 80 o 90. Es el rock de su tiempo, alimentado por muchos más referentes, abierto a la mezcla de estilos y filtrado por la personalidad de quienes lo interpretan. Y eso, desde nuestro punto de vista, es una magnífica noticia. Si el rock no hubiera evolucionado, si se hubiera quedado anclado en una única forma de entenderlo, entonces sí habría muerto hace décadas.

En ese contexto se sitúa el último movimiento de Guilan, el reciente single "Si fueras yo", publicado mientras se ultiman los detalles de su próximo disco. El tema funciona como una auténtica carta de presentación emocional. Se mueve entre la inmediatez del sentimiento y la introspección, lanzando una pregunta incómoda y universal: ¿qué harías si ocuparas mi lugar? A partir de ahí se dibuja el retrato de una generación atraída por el brillo de la ciudad, pero cargada de dudas sobre lo que aguarda al final del camino. Entre 2024 y 2025 Guilan ha publicado sus primeros cinco sencillos en plataformas digitales, superando ya las 30.000 escuchas en Spotify. En este tiempo ha trabajado con productores y músicos de referencia como Lalo GV (Arde Bogotá), Chapo González (M Clan, Xoel López) o Mara Rubio (Leiva, Dani Martín), y actualmente presenta su propuesta acompañado de una banda sólida y enérgica que potencia su directo y convierte cada concierto en una experiencia intensa y convincente.

Tras vivir el concierto y con las pocas referencias de estudio disponibles, el proyecto musical de Guilan empieza a dibujar una identidad clara. Hay un sonido personal donde se perciben múltiples influencias, pero todas compactadas en un discurso coherente. Momentos de rock contundente conviven con pasajes más cercanos al indie rock, melodías que se apoyan en instrumentaciones que saben cuándo ser potentes y cuándo retirarse a un segundo plano. Es, en definitiva, una forma muy actual de entender el rock, tal y como lo asimilan estas nuevas generaciones. El concierto contó además con varias colaboraciones, como la espectacular guitarrista Laura Solla o Víctor, vocalista de Linze, otra joven banda llamada a renovar el panorama rock estatal, entre otros invitados que sumaron matices a una tarde ya de por sí intensa.

La sala presentó una entrada más que notable, un público entregado que llenó Siroco y dejó claro que algo bueno se está cocinando. Todavía es pronto para saber hasta dónde llegará este proyecto, pero lo que vimos invita al optimismo. Ver a un grupo de jovenes musicos subirse a un escenario con guitarras ruidosas, distorsión, actitud y un discurso propio, mirando de frente a la audiencia rockera y sin pedir permiso, es motivo suficiente para esbozar una sonrisa. El legado está ahí; ahora solo queda recogerlo y seguir hacia delante. El futuro, al menos por lo visto esta tarde, está en buenas manos.

