Desarte en directo, cuando el rock vuelve a ser peligroso

Quien piense que en esto del rock and roll ya está todo dicho, hecho y escrito, probablemente no haya visto todavía a Desarte. La banda acaba de publicar su primer trabajo, Menos Café, un disco que dibuja con claridad su forma de entender la música y que despertó la suficiente curiosidad como para acercarnos a comprobar cómo defendían esas canciones sobre un escenario.

Y la respuesta fue contundente.
Desarte lo tiene todo: actitud rockera, entrega e intensidad, pero también un notable sentido del gusto a la hora de construir y ejecutar sus canciones. Su propuesta parte del rock and roll clásico, de ese lenguaje que ayudó a definir Chuck Berry y que más tarde ampliaron los Rolling Stones añadiéndole nuevas dosis de electricidad y descaro. Pero su mirada también conecta con una tradición muy nuestra, la de bandas como Burning o los primeros Tequila, y con la herencia que hoy continúan grupos como Los Zigarros. Sin embargo, Desarte no se limita a reproducir esas influencias; las utiliza como punto de partida para desarrollar una personalidad propia en la que conviven distintos aromas de raíces sin abandonar jamás la esencia del rock and roll.

Dentro de ese amplio abanico aparecen canciones de rock intenso, guiños al country, pinceladas de blues y soul, todo ello filtrado por un espíritu de rock urbano nacido en la calle y acostumbrado a contar historias. La banda no se conforma con la intensidad, la actitud o el volumen. Hay un trabajo minucioso en los arreglos, una búsqueda constante del matiz para que las canciones respiren cuando lo necesitan y golpeen con toda su fuerza cuando llega el momento.

Sus temas alternan medios tiempos de enorme pegada con pausas llenas de tensión, momentos melódicos que terminan explotando en auténticos martillazos sonoros de puro rock and roll. También hay composiciones más veloces, enriquecidas por líneas de segunda guitarra que aportan dinamismo y profundidad, evitando que las canciones se conviertan en una simple sucesión de riffs. Todo crece, evoluciona y encuentra nuevos caminos. Por momentos incluso asoman destellos de punk rock. Son salvajes, sí, pero también sorprendentemente sutiles.

Desarte demuestra que juventud, energía y sabiduría musical no son conceptos incompatibles. Al contrario. Su propuesta consigue sonar contundente sin renunciar a la elegancia, poderosa sin perder sensibilidad.
El concierto fue una auténtica explosión de rock forajido, una descarga de sonido construida sobre grandes canciones y un discurso tan salvaje como inteligente. Y, sobre todo, me dejó una sensación que hacía tiempo que no experimentaba frente a una banda joven: la de volver a pensar que el rock regresa a la calle, que recupera su instinto más primario y que, por momentos, vuelve a ser peligroso.

